4:00 A.M. Cuántas veces había visto en su vida Alberto esa imágen en su despertador, era parte de su historia el despertarse a mitad de la noche por algún ruido proveniente de su alrededor. Podía ser un vecino alborotado, una alarma de auto, lo que fuera, pero siempre existía algo que no le permitía dormir tranquilo. La verdad es que cada vez estas interrupciones provocaban en él una insatisfacción mayor, cada día le costaba más despertar, y el cansancio durante el día provocaba en él un desempeño bastante mediocre en su trabajo. Eso sí, Alberto hacía años que había dejado de luchar. Tenía 54 años, y hace 25 que trabajaba como albañil de una empresa constructora. Cuando ingresó a trabajar a Nicefuture -asi se llamaba la empresa- sintió que estaba en el lugar correcto. Claro, el destino lo había puesto ahí y, luego de haber trabajado desde los 17 años en el campo, esto significaba un despegue en su vida. Y no fué sólo un despegue en el tema económico, sino que significó un cambio de ambiente, pues para una persona que vivió toda su infancia, su adolescencia, su primer beso y su primera experiencia sexual en un ambiente tan pasivo como el campo, el llegar a Santiago, la "Gran Capital" hizo que Alberto volviera a nacer. Los primeros años Alberto vivió cada día de una manera bastante intensa, y cómo no, era un treintañero, ganaba un sueldo que no era ostentoso, pero sí, le permitía darse gustos como ir con sus compañeros de trabajo a Bares y locales nocturnos, jugar en el equipo de futbol de su Villa, y rentar una casa modesta pero en un entorno tranquilo. A veces eso sí, la vida se encarga de mostrarnos lo equivocados que estamos al vivir de una determinada manera. Claro, nunca es de una forma nítida, y eso provoca que nos encontremos perdidos entre señales que no somos capaces de comprender. Alberto sintió hasta el día donde comienza esta historia. Como todas las mañanas, sintió que su cuerpo le quemaba, no había algo en su vida que odiara más que el despertar cada día. Con el frio de esa mañana de Junio, fué más difícil aún incorporarse. La ducha resultó menos placentera de lo que se imaginaba, y luego de desayunar demasiado liviano para alguien que trabaja directamente con la fuerza de su cuerpo, salió directo hacia el trabajo. Al cerrar su casa se encontró con lo habitual: mucho ruido, un aire que a veces se hacía irrespirable, y la sensación de que su entorno caminaba mucho más rápido que él. Pero había algo, algo que estaba, que siempre había existido, y no lograba entender qué era. Caminó más lento, pues su cuerpo no se estaba comportando como todos los días; eso era raro, pues Alberto siempre se sintió y se proyectó como una persona muy fuerte físicamente; además, tenía 54 años, pero su ritmo hacía que no demostrara haber pasado más de la cuarentena. Debía haber sido el despertarse por enésima vez, y haber comido mal, o tal vez el no haber tenido relaciones con una mujer hace tanto tiempo, y cómo no, si un hombre soltero como él sentía cómo todo el mundo ve con ojos extraños a quien ha pasado cierta edad y nunca se casó. Trató de dejar de pensar en ese tipo de cosas, total, ya las había pensado por muchos años, y al final nunca sacaba nada al limpio. Durante el trayecto a su trabajo se sintió somnoliento y sentado medio doblado en la micro de todos los días cayó en un profundo sueño. - Deja de hacerlo!! Y él la miraba. Era la mujer más hermosa que jamás había visto, lo miraba con contemplación, con una profunda ternura, pero su voz era muy enérgica para ser la de una mujer. Al fin y al cabo las mujeres siempre hablaban de una manera muy suave. Alberto la miró con mucha ternura, y trató de abrazarla, sin embargo la mujer dió un paso hacia atrás y le dijo: - Alberto, miles de veces has esperado las señales, ahora mírame, soy una señal, tu vida debe cambiar, busca el silencio, y podrás escucharme!. Un salto.... cómo odiaba esos baches Alberto, y cómo no, para una persona que va en una micro son molestas, para quien va durmiendo más aún, pero para Alberto, esa mañana, en la cual estaba soñando la cosa más especial que recordara en su vida, fué algo que lo desarmó. En todo caso no estuvo mal, pues ya estaba llegando a su trabajo. Se bajó del bus sintiéndose mareado, "con la cabeza caliente" como solía decir, y tratando de recordar la cara de esa mujer. Alguna vez quizás la vió, pero no, no podría ser, él la hubiese recordado. Además estaba el extraño mensaje: "busca el silencio y podrás escucharme". Pensando en eso ingresó hasta la obra de construcción. El día pasó rápido, especialmente gracias a que el ruido que existía en su trabajo. Costaba escuchar a sus compañeros cuando le hablaban, pero además se sentía demasiado extraño como para prestarles atención. Así llegaron las 7 de la tarde. La hora de volver a su casa. Del trayecto no recordaba mucho, sólo que en un momento se encontró recostado medio adormilado en su viejo sillón, la televisión mostraba noticias de un mundo que no quería ni le interesaba ver. Se hablaba de las medidas del Gobierno para esto y lo otro, la pelea de dos políticos sacándose en cara sus errores y defectos... ¿De qué le servía eso a él?, total, se tenía que levantar todos los días a la misma hora, y su vida no cambiaba en nada si eso o aquello pasaba. De repente, su cabeza comenzó a dolerle, la televisión sonaba cada vez más fuerte, ¿se habría estropeado?, podía ser, pues ya era muy vieja. La apagó, y ahí estaba, el ruido de los autos al pasar... más allá dos perros ladraban demasiado fuerte... ¿Qué me está pasando?, los ruidos no solían ser tan fuertes, sentía su corazón acelerado, y la desesperación se hizo presa de él... trató de calmarse, tomando grandes bocanadas de aire y desviando su mente hacia cualquier cosa. Y justo ahí, apareció de nuevo esa voz, aunque más débil, diciéndole el mismo mensaje: "Busca el silencio, Busca el silencio"... De un momento a otro, le volvió el alma a su cuerpo, pero se sentía diferente, había nacido algo dentro de él, y iba a llegar hasta el final para comprender todo. Fué directo hasta la cocina, y comenzó a llenar una bolsa con todo lo de comida que encontró. Mientras la llenaba se sorprendió de lo poco de comida que tenía en su casa, eso lo arreglaría, sin duda, pero por ahora habían cosas demasiado importantes por hacer. Dió gracias a Dios el tener una mochila lo suficientemente grande como para poner dentro la bolsa de comida, y taparla hasta el tope con ropa de abrigo. Al fin y al cabo donde iba necesitaría abrigo, pero por el momento no se le ocurría que otra cosa podría faltarle. Estaba listo, y debía partir. Y como a todo viajero que no sabe si regresará, lo invadió una melancolía inmensa, ahí estaba su hogar por tantos años, sus cosas, su aroma, incluso su suciedad. Dentro de cada pared había escrita una historia de diferente, de amor, de soledad, de esperanza y desilusión, todas escritas con sus propias manos. Pero además de eso la nostalgia de dejar atrás una vida, algo que tenía que cambiar, lo sabía, no de que manera, pero tenía que cambiar. Puso su mochila en el hombro, salió como muchas veces, pero con la seguridad que esto era único. Sacó sus llaves para cerrar, pero pensó "Si quiero dejar esto atrás para qué voy a preocuparme si la casa queda abierta, si me roban o no", así que guardó sus llaves y emprendió marcha. Al llegar a la esquina pensó "en qué dirección voy". La verdad hasta ese momento no se lo había preguntado, así que se le ocurrió una sencilla forma de saberlo. Cerró sus ojos y comenzó a dar vueltas agarrado de un poste, cada vez más rápido hasta que el mareo lo hizo detenerse. Miró y vió una calle que ya conocía, pero que en ese momento le pareció desconocida, era un pasillo gigante que marcaba el comienzo de su aventura. Caminó resueltamente hasta el fin de esa calle, una bifurcación, repitió el mismo sistema para saber la dirección correcta y continuó caminando. Y así no vaciló en ningún momento, caminando y observando cosas que más de algún día en su vida había visto, pero a las cuales nunca les había prestado mayor atención. Era otra cosa que pensaba hacer cuando volviera, y pensó que tal vez hubiese sido bueno haber llevado algo para anotar todas esas cosas que antes no había pensado. Miró su reloj y quedó estupefacto: debía haber salido a las 9 de la noche de su casa, y ya eran las 3AM. En ese mismo instante su cuerpo le mostró que era cierto, pues el cansancio hizo que sus piernas se pusieran pesadas, y los ojos le picaban mucho, así que debía buscar un lugar donde descansar. Con los ojos cansados, distinguió las faldas de un cerro, no mucho más allá. Estaba justo cruzando la carretera. Se sintió contento: ahí sería un buen lugar para dormir esa noche. Pues dormir en un lugar con más luz podía hacer que alguien lo viera y diera aviso a la Policía. A veces la gente no entiende a una persona que se comporta de una manera distinta a lo normal, y dormir en la calle y no ser un pordiosero está dentro de eso. Arropado con todo lo de abrigo que llevaba en su mochila, tomó algo de agua, y aunque tenía mucha sed, decidió guardar; el viaje podía ser largo y la necesitaría. Se recostó con cuidado para no hacerse daño con alguna piedra o alguna araña, y pensó en lo mucho que odiaba a las arañas. No pasaron ni segundos y cayó en un sueño profundo. Contrario a lo que pensó no soñó- no recordaba haberlo hecho- nada. Sin embargo despertó de un humor que no recordaba haber tenido hacía demasiados años. comió algo y continuó su camino deseando que el sol ese día no castigara mucho, y para su suerte un día nublado lo acompañó durante su trayecto. Alberto era un tipo que se enorgullecía de su responsabilidad; durante años había trabajado para el mismo jefe y no había faltado ningún día. Debían estar preocupados en su trabajo porque no llegó, y claro, sino hasta ese momento ni siquiera se había acordado de que no le había avisado a nadie de su inesperado viaje. Pensó si sería bueno volver, avisarle a su jefe y volver a su camino, pero se dió cuenta que al volver de su viaje quizás no tendría ganas de volver a trabajar ahí. Al fin y al cabo, ¿Por qué trabajaba ahí?, la razón era simple, había llegado a la Capital con necesidad de dinero y fue lo primero que encontró, además era bueno en lo que hacía, y su patrón era una buena persona, a pesar que casi nunca lo veía. Esa era una razón, pero ¿ por qué nunca había probado hacer otra cosa?, esa pregunta no supo como responderla. Toda su infancia soñó con escribir tan lindo como lo hacían esas personas que escribían los libros que él leía en su escuela. Pero le faltó talento. Eran las 12 del día, y se detuvo en seco. Miró hacia su alrededor, un paisaje en el cual el desierto que avanzaba y el verde luchaban sin cesar desde hacía años. Era momento de responder a su pregunta. Y la respuesta era clara: nunca intentó nada para cambiar ese oficio; no tenía idea si poseía el talento necesario, porque nunca lo había intentado.
Tal vez nunca en su vida Alberto había pensado tanto en las decisiones de su vida como aquella mañana. Caminó casi sin descanso hasta el mediodía, con la cabeza gacha, y absorto en toda su historia, esa historia que tenía tan guardada dentro de sí, pero que nunca había revisado.
De pronto miró hacia atrás como no lo había hecho desde que despertó varios kilómetros tras sus espaldas. La ciudad ya no se vislumbraba, y sintió que era fácil acostumbrarse a estar alejado de toda esa vida que casi siempre hacía que una persona normal no pudiera detenerse a pensar en cosas como las que él estaba viviendo en ese momento.
Sacó una lata de Atún y con su cortaplumas la abrió. Comió con muchas ganas pan y el pescado, pensando en lo simple pero rico que era un almuerzo como ese, aprovechando de beber una buena cantidad de agua, la cual se estaba agotando producto del calor que hacía en esa tarde.
De todas maneras Alberto se sentía satisfecho: había seguido un impulso, y eso lo estaba llevando por una ruta que él no conocía, y hacia un destino que no llegaba todavía a comprender.
Nunca había pensado tanto en su vida, su cabeza estaba despertando y entregándole visiones del mundo que nunca pensó que podría tener, su mundo, el mundo…
Y De pronto lo vió, no tuvo dudas, estaba en el lugar, había llegado al fin de su viaje….
Un gran árbol nacía desde una tierra árida en extremo, rodeado sólo de vegetación desértica, en la que cactos y arena eran los dominadores. Su sombra era omnipotente y era sólo la mitad del paisaje. A los pies del árbol, una laguna cristalina, que parecía tan fuera de lugar como el mismo árbol, coronaba un paisaje mágico.
No podía ser en otro lugar, “estoy aquí y lo sé” pensó Alberto. De pronto esa sensación que venía creciendo en su interior se desbordó: ¡lo había logrado!, ¡había llegado al final de su viaje!, y por lo mismo ahora sólo le restaba esperar…
Aprovechó durante el resto de la tarde y el anochecer de conocer el lugar, pero al fin y al cabo su atención se la llevó ese árbol y la laguna, algo tan extraño pero tan maravilloso en un lugar como ese, y era sólo para él, para beber de su agua, para mirar su reflejo, para descansar… para dormir.
Despertó al siguiente día no con la misma alegría. La mujer de su sueño no se había presentado. Eso era mala señal, quizás el lugar no era el correcto, o quizás sólo había entendido mal el mensaje. Se sintió mareado, mezcla del despertar y del sentimiento de desprotección: estaba en un lugar que no conocía y parecía no ser el correcto.
- Buenos días.
Alberto saltó de la sobra del árbol aterrorizado. Detrás del tronco apareció un hombre, tal vez de su misma edad, que lo miraba sonriente. Llevaba unas botas negras de agua, unos jeans desteñidos y sucios, y encima un poncho que cubría todo su tronco y dejaba afuera sólo sus manos, unas manos duras que mostraban la rudeza de su vida.
- Buenos días- dijo Alberto temeroso.
- No se asuste, soy arriero, voy camino a la ciudad, ¿está usted bien?
- Sí, muchas gracias, soy Alberto, ¿cuál es su nombre?
- Mire que coincidencia, también me llamo Alberto.
Miró al arriero con extrañeza, pues quizás lo estaba molestando, pero era difícil que en un lugar así justamente se encontrara con una persona que se llamara igual que él.
- ¿Y qué hace en un lugar así tocayo?- le preguntó el arriero, siempre sonriente.
Alberto dudó en contestarle, después de todo no cualquier persona entendería una aventura como la que él estaba viviendo. Aún así decidió contestar, sólo por ver la reacción del arriero:
- Vine aquí en busca del silencio.- le dijo
El arriero lo miró fijamente, y de pronto, su rostro se endureció, respiró profundamente y miró hacia el horizonte.
- No es la primera persona que me encuentro buscando algo así- le dijo- pero déjeme que le diga algo, si yo fuera usted, aprovecharía más el lugar en donde vivo, no saldría ni dejaría atrás todo lo que he logrado por buscar algo que puedo encontrar en cualquier parte.
Dicho esto, su cara se enterneció, miró a Alberto y se echó a caminar. Un poco más allá se dio vuelta, y le hizo una señal de saludo con su mano.
Durante un tiempo que pareció eterno, Alberto vió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció a la vuelta de la montaña.
Miró la laguna y lloró, lloró con todas sus fuerzas. Se había equivocado, todo lo había entendido mal, no sabía que hacer, debería volver al trabajo, pero quizás lo despedirían. ¡Qué hacer!, ¡Por Dios!, necesitaba entender… sus ojos se hacían pesados, y ya no distinguía nada, sólo cansancio… y mucho sueño.-..
- ¿Qué haces aquí?
Alberto se despertó sobresaltado, debía haber dormido mucho, pues nuevamente era de día. Miró hacia el costado.
Ahí estaba
La mujer… la visión que había esperado durante todo ese tiempo… por fin aparecía.
- Por fin estás aquí, te estaba esperando.
Pero la mujer lo miraba muy seriamente.
- Contéstame, ¿qué haces aquí?
Alberto estaba desorientado, todo eso era muy raro.
- Vine en busca del silencio… tal como me lo pediste.
- Yo nunca te pedí que vinieras hasta acá Alberto.
Alberto sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas, por más que lo había intentado todo había salido mal.
La mujer lo miró con dulzura, le hizo cariño en su cabello y le dijo:
- Alberto, no necesitabas venir hasta aquí para saber lo que te diré.
“Durante años, has cometido un error muy grave en tu vida. Tal vez te preguntas quien soy. Soy tú Alberto, soy la parte izquierda de tu alma, la cual hacía que en ti nacieran sueños y anhelos de construir un mundo con tus propias manos”.
“Sin embargo, durante años me alejaste, me negaste e hiciste que con ruidos que tú mismo escogías me hiciese casi inaudible para ti”
“La vida, Alberto, es un libro en blanco. Todos los seres humanos poseen uno dentro de sí. Lo que diferencia a unos y a otros es el uso que le dan a todas esas páginas. La mayoría de las personas tienen miedo a escribir, como tú, pues piensan que podrán escribir cosas absurdas, o que no tienen el talento para realizar historias dignas de contar con su propia vida. Pero existen otros, que escriben y escriben. Se equivocan a menudo, y eso se nota en los borrones que tienen sus libros, pero ¿sabes? Terminan escribiendo una obra imperfecta, pero que trasciende a toda la humanidad.”
Alberto sentía como esas palabras enérgicas calmaban su ser. De pronto sintió que algo lo alejaba de esa mujer… sólo escuchó:
- No me dejes a un lado Alberto…
4:30 AM. Una alarma sonando. El frío se sentía con menos intensidad que media hora atrás. Alberto miraba el techo de su habitación. Que sueño más hermoso había tenido. De pronto una urgencia le nació. Se levantó rápidamente, buscó una hoja y se sentó en la cama… Un lápiz. Estaba todo listo… había mucho que escribir.
Tal vez nunca en su vida Alberto había pensado tanto en las decisiones de su vida como aquella mañana. Caminó casi sin descanso hasta el mediodía, con la cabeza gacha, y absorto en toda su historia, esa historia que tenía tan guardada dentro de sí, pero que nunca había revisado.
De pronto miró hacia atrás como no lo había hecho desde que despertó varios kilómetros tras sus espaldas. La ciudad ya no se vislumbraba, y sintió que era fácil acostumbrarse a estar alejado de toda esa vida que casi siempre hacía que una persona normal no pudiera detenerse a pensar en cosas como las que él estaba viviendo en ese momento.
Sacó una lata de Atún y con su cortaplumas la abrió. Comió con muchas ganas pan y el pescado, pensando en lo simple pero rico que era un almuerzo como ese, aprovechando de beber una buena cantidad de agua, la cual se estaba agotando producto del calor que hacía en esa tarde.
De todas maneras Alberto se sentía satisfecho: había seguido un impulso, y eso lo estaba llevando por una ruta que él no conocía, y hacia un destino que no llegaba todavía a comprender.

Nunca había pensado tanto en su vida, su cabeza estaba despertando y entregándole visiones del mundo que nunca pensó que podría tener, su mundo, el mundo…
Y De pronto lo vió, no tuvo dudas, estaba en el lugar, había llegado al fin de su viaje….
Un gran árbol nacía desde una tierra árida en extremo, rodeado sólo de vegetación desértica, en la que cactos y arena eran los dominadores. Su sombra era omnipotente y era sólo la mitad del paisaje. A los pies del árbol, una laguna cristalina, que parecía tan fuera de lugar como el mismo árbol, coronaba un paisaje mágico.
No podía ser en otro lugar, “estoy aquí y lo sé” pensó Alberto. De pronto esa sensación que venía creciendo en su interior se desbordó: ¡lo había logrado!, ¡había llegado al final de su viaje!, y por lo mismo ahora sólo le restaba esperar…
Aprovechó durante el resto de la tarde y el anochecer de conocer el lugar, pero al fin y al cabo su atención se la llevó ese árbol y la laguna, algo tan extraño pero tan maravilloso en un lugar como ese, y era sólo para él, para beber de su agua, para mirar su reflejo, para descansar… para dormir.
Despertó al siguiente día no con la misma alegría. La mujer de su sueño no se había presentado. Eso era mala señal, quizás el lugar no era el correcto, o quizás sólo había entendido mal el mensaje. Se sintió mareado, mezcla del despertar y del sentimiento de desprotección: estaba en un lugar que no conocía y parecía no ser el correcto.
- Buenos días.
Alberto saltó de la sobra del árbol aterrorizado. Detrás del tronco apareció un hombre, tal vez de su misma edad, que lo miraba sonriente. Llevaba unas botas negras de agua, unos jeans desteñidos y sucios, y encima un poncho que cubría todo su tronco y dejaba afuera sólo sus manos, unas manos duras que mostraban la rudeza de su vida.
- Buenos días- dijo Alberto temeroso.
- No se asuste, soy arriero, voy camino a la ciudad, ¿está usted bien?
- Sí, muchas gracias, soy Alberto, ¿cuál es su nombre?
- Mire que coincidencia, también me llamo Alberto.
Miró al arriero con extrañeza, pues quizás lo estaba molestando, pero era difícil que en un lugar así justamente se encontrara con una persona que se llamara igual que él.
- ¿Y qué hace en un lugar así tocayo?- le preguntó el arriero, siempre sonriente.
Alberto dudó en contestarle, después de todo no cualquier persona entendería una aventura como la que él estaba viviendo. Aún así decidió contestar, sólo por ver la reacción del arriero:
- Vine aquí en busca del silencio.- le dijo
El arriero lo miró fijamente, y de pronto, su rostro se endureció, respiró profundamente y miró hacia el horizonte.
- No es la primera persona que me encuentro buscando algo así- le dijo- pero déjeme que le diga algo, si yo fuera usted, aprovecharía más el lugar en donde vivo, no saldría ni dejaría atrás todo lo que he logrado por buscar algo que puedo encontrar en cualquier parte.
Dicho esto, su cara se enterneció, miró a Alberto y se echó a caminar. Un poco más allá se dio vuelta, y le hizo una señal de saludo con su mano.
Durante un tiempo que pareció eterno, Alberto vió la silueta de aquel hombre hasta que desapareció a la vuelta de la montaña.
Miró la laguna y lloró, lloró con todas sus fuerzas. Se había equivocado, todo lo había entendido mal, no sabía que hacer, debería volver al trabajo, pero quizás lo despedirían. ¡Qué hacer!, ¡Por Dios!, necesitaba entender… sus ojos se hacían pesados, y ya no distinguía nada, sólo cansancio… y mucho sueño.-..
- ¿Qué haces aquí?
Alberto se despertó sobresaltado, debía haber dormido mucho, pues nuevamente era de día. Miró hacia el costado.
Ahí estaba
La mujer… la visión que había esperado durante todo ese tiempo… por fin aparecía.
- Por fin estás aquí, te estaba esperando.
Pero la mujer lo miraba muy seriamente.
- Contéstame, ¿qué haces aquí?
Alberto estaba desorientado, todo eso era muy raro.
- Vine en busca del silencio… tal como me lo pediste.
- Yo nunca te pedí que vinieras hasta acá Alberto.
Alberto sintió como sus ojos se llenaban de lágrimas, por más que lo había intentado todo había salido mal.
La mujer lo miró con dulzura, le hizo cariño en su cabello y le dijo:
- Alberto, no necesitabas venir hasta aquí para saber lo que te diré.
“Durante años, has cometido un error muy grave en tu vida. Tal vez te preguntas quien soy. Soy tú Alberto, soy la parte izquierda de tu alma, la cual hacía que en ti nacieran sueños y anhelos de construir un mundo con tus propias manos”.
“Sin embargo, durante años me alejaste, me negaste e hiciste que con ruidos que tú mismo escogías me hiciese casi inaudible para ti”
“La vida, Alberto, es un libro en blanco. Todos los seres humanos poseen uno dentro de sí. Lo que diferencia a unos y a otros es el uso que le dan a todas esas páginas. La mayoría de las personas tienen miedo a escribir, como tú, pues piensan que podrán escribir cosas absurdas, o que no tienen el talento para realizar historias dignas de contar con su propia vida. Pero existen otros, que escriben y escriben. Se equivocan a menudo, y eso se nota en los borrones que tienen sus libros, pero ¿sabes? Terminan escribiendo una obra imperfecta, pero que trasciende a toda la humanidad.”
Alberto sentía como esas palabras enérgicas calmaban su ser. De pronto sintió que algo lo alejaba de esa mujer… sólo escuchó:
- No me dejes a un lado Alberto…
4:30 AM. Una alarma sonando. El frío se sentía con menos intensidad que media hora atrás. Alberto miraba el techo de su habitación. Que sueño más hermoso había tenido. De pronto una urgencia le nació. Se levantó rápidamente, buscó una hoja y se sentó en la cama… Un lápiz. Estaba todo listo… había mucho que escribir.
Pablo Jofré Barrios
9 comentarios:
Estas en el camino... A veces los fragmentos de una historia resultan ser la real motivación. Intenta!
creo que es muy frecuente lo que le ocurre a Alberto.....
y aunque a veces parezca ilogico, es muy necesario escribir en nuestro libro.....
espero que tu siempre escribas en el tuyo y que a nadie nos suceda de lo Alberto.....
La verdad que me gustó mucho la historia de Alberto..en muchos momentos de mi vida me gustaria vivir en un sueño como el de él..de partir a quien sabe y volver quien sabe cuando...y hoy no se en busca de q jaja
eri seeeco.. en serio que te admiro caleta, saabes? aveces pienso que la gente que escribe esta media loka.. pero al final creo que soy io la del problema, porque jamás podría hacerlo (creo.. o no me atrevo). Que agradable encontrar el mensaje.. muchas gracias, un beso
aai.. escribi mal mi nombre.. ajajajajajajaja
amigo...escribes maravilloso, utilizas un leguaje sencillo y facil de entender, ademas tu historia me identifica por completo...mi libro no tenia borrones, pero es increible como cambia la vida despues de hacer esas pequeñas correcciones que te enseñar a vivir mejor, a ser mas feliz y disfrutar cada dia haciendo lo que realmente nos apasiona...
te quiero mil...
dejame decirte que escribes maravilloso tienes la facilidad de encantar a traves de lo que escribes,espero volver a tener el placer de leer tus inspiraciones ya que tienes un talento inigualable ..........
"las imperfeeciones hacen que las obras sean únicas...."
Ésa es la belleza...
thought I'd check out your blog as you kindly left a nice comment on mine, unfourtuantly I don't speak spanish, but the photograhs are amazing. :)
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