La historia del mundo nunca olvidaría una batalla como aquella. Los conflictos bélicos que la historia recuerda marcan siempre un punto común: La lucha por el poder. Sin embargo esta batalla recogía un interés superior incluso al poder. Cada uno de los 133 hombres que aún estaban vivos, seguían peleando por una sola razón: Ser dueños de la verdad.
La muerte los acompañaba desde el momento en que se dirigieron a la Colina del olvido. Pero era un riesgo que valía la pena correr. Por sólo estar ahí sus nombres siempre estarían en la memoria colectiva.
César siempre lo supo. Pero necesitaba saber la verdad. Desde pequeño soñó estar en aquella colina.
Y en ese momento, sus manos, la sangre de todos quienes habían sido más débiles que él… Estaba a un paso de lograrlo, sólo necesitaba subir algo más y podría ver: lo que se escondía a los ojos de toda la humanidad, como el tesoro deseado por cualquier mortal….
El sonido de aquel timbre lo hizo despertar de ese letargo que en la mayoría de las clases de matemáticas lo envolvía.”¡Maldita sea! Se debería permitir a las personas que tienen una imaginación muy desarrollada que al menos pudieran terminar sus sueños”-Pensó.
Todavía entre la dimensión mágica de su historia y el ambiente en exceso real de su sala de clases, Cesar comenzó a guardar sus libros. Para intentar ambientarse mejor al mundo que había vuelto, comenzó a echarle un vistazo a sus compañeros. Era impresionante. Les faltaban unos meses para terminar 4 años de estar juntos todos los días, y sentía que no conocía a ninguno de aquellos que en ese momento iban saliendo.
Andrés era la única persona a la cual podía decir que conocía algo más que a la mayoría de las personas. Claro, ni Andrés ni nadie sabían su propensión a inventar historias en su cabeza, cosa que hacía siempre que su entorno lo aburría. Aunque nunca estuvo seguro si era aburrimiento lo que le producía. Pero su estómago se revolvía demasiado cada vez que le decían o le demostraban que en la vida había que ser ordenado, responsable y concreto.
El amaba soñar, pero por todas partes decían que de sueños nadie vive. Que cada persona debe dejar atrás la etapa en la cual la imaginación le da sentido a la mayoría de las cosas que no se pueden explicar. Y como todos había disfrutado esa etapa creando historias en su mente y pensando en la posibilidad de que se hicieran realidad. Sólo que nunca dejó esa etapa atrás.
17 años, sólo le faltaban unos meses para que dejara atrás el ser menor de edad, y se convirtiera en un ciudadano con todas sus letras. Podría votar, ver todas las películas que quisiera, y ningún lugar le estaría vetado. Pero a pesar que en un momento esperó todo eso con ansias, ahora ya no cobraba la misma importancia.
De hecho siempre se preguntaba: “cuando llegue ese día ¿qué?”. Y nada se le venía a la cabeza. Sólo lograba que algún mundo desconocido se creara nuevamente en su mente, y lo mantuviera horas absorto en algo que deseaba conocer.
-¿Nos vamos juntos?
Otra vez. De vuelta a la tierra.
Andrés lo miraba esperando una respuesta. Su amigo, el que tantas veces lo había salvado de que lo pillaran en otro mundo parecía entender su secreto. Sin embargo nunca habían hablado del tema, cosa que Cesar agradecía, pues si le preguntaran las razones de por qué soñaba tanto, no hubiese sabido qué responder. Y ahí estaba, como siempre a su lado, con ese corte de pelo que ya no se usaba, con su cuerpo delgado, y su espalda levemente inclinada hacia delante, y sus ojos cafés, que para quien los viera con atención mostraban siempre la dureza de su vida, aunque la sonrisa que su boca irradiaba hacía que se ocultara a primera vista. Cesar siempre pensó que Andrés era más pobre que él incluso, pues recordaba desde el primer día de clases, hace 4 años ya, que su camisa y sus pantalones eran siempre los mismos.
- ¿Aló?, paveando para variar, César, te estoy preguntando si nos vamos juntos o no…
- Obvio, pero acompáñame a comprarme un cigarro, ok?
-Ya, bueno.
El colegio era una mole de cemento gris, el característico color de una ciudad como Santiago. Sus grandes puertas principales se erguían imponentes, y parecían más las de una cárcel que las de un lugar que alberga a tantos niños. Al interior, un gran patio central, se encontraba rodeado de salas divididas en dos pisos; y sus escaleras de metal, en ese momento se encontraban atestadas de estudiantes de todas las edades bajando rápidamente, desesperados por salir de ahí lo más rápidamente.
En la mitad del gran grupo que salía hacia la calle, César y Andrés caminaban lo más rápido que se podía, deseosos de estar por fin afuera para poder desordenarse las camisas, y sacarse la horrible corbata del colegio. Cuando por fin lo lograron, se encaminaron directo calle arriba. Aquel trayecto hasta el almacén donde vendían cigarros, les parecía eterno a ambos, más que nada porque fumar los hacía sentirse personas grandes, hombres dueños del destino. Apenas compraron los tres cigarrillos sueltos que podían comprar con el dinero que juntaban entre los dos, cruzaron a la plaza en la cual todos los días se sentaban a fumar.
Se echaron en el pasto y, como un ritual, buscaron fósforos, y prendieron un cigarro. Si querían que durara el momento, debían compartir, por lo cual los cigarros eran fumados uno a uno, mientras miraban al cielo y podían conversar sobre cualquier cosa.
- ¿Sabes lo que me gustaría César?- preguntó luego de una gran bocanada de humo Andrés.- Me gustaría poder tener mucha plata, y comprarme una cajetilla entera de cigarros. Le compraría muchas cosas a mi mamá y andaría en un auto deportivo. ¿Y a ti que te gustaría?
- Estar en cualquier lugar, menos en esta maldita ciudad.- dijo César, miraba el cigarro en sus dedos, y se concentró en el humo que salía de su boca.
- A mí no me parece una ciudad tan fea, no sé, depende de lo que quieras ser en la vida. Si eres pobre, la vas a pasar mal, pero yo sé que voy a ser un tipo de plata, y así la vida se ve mejor ¿no?
- Sí… eso creo- respondió Cesar después de un rato.
Aunque los padres de César no poseían mucho dinero, y muchas veces deseaban tener cosas que no podían comprar, él nunca pensó en que su vida sería más feliz si tuviera más dinero. Lo que le quitaba el sueño era la posibilidad de que él pudiera ser alguien especial. Alguien que no tuviera que ir a un colegio a aprender cosas que no le interesaban, sino un ser humano que tuviera una misión importante en la vida. Algo que lo hiciera único e irremplazable.
Daba lo mismo lo que fuera, al fin y al cabo lo único importante era pensar que algún día alguien lo llamaría o lo encontraría. Lo había imaginado muchas veces. 2 hombres vestidos de elegante traje, lo tomaban por asalto y le decían: “¿Eres César cierto?, te hemos venido a buscar, debes venir con nosotros, hay algo importante que sólo tú puedes solucionar”.
¡Ah!, cuánto quería que eso pasara, aunque no negaba que si un día eso fuera real, el miedo sería más fuerte que cualquier otra cosa. Después de todo, era lo mismo que si un día un grupo de extraterrestres llegara a su casa, y lo abduciera. El soñaba con conocer a los extraterrestres, pero si los viera estaba seguro que saldría arrancando.
-¡Hey!, me tengo que ir, te estoy diciendo. Mi mamá tiene que ir a vender a la feria, y la voy a acompañar. ¿Te vas o no César?- le preguntó molesto Andrés al no obtener respuesta.
-Sí, vamos.- contestó.
La muerte los acompañaba desde el momento en que se dirigieron a la Colina del olvido. Pero era un riesgo que valía la pena correr. Por sólo estar ahí sus nombres siempre estarían en la memoria colectiva.
César siempre lo supo. Pero necesitaba saber la verdad. Desde pequeño soñó estar en aquella colina.
Y en ese momento, sus manos, la sangre de todos quienes habían sido más débiles que él… Estaba a un paso de lograrlo, sólo necesitaba subir algo más y podría ver: lo que se escondía a los ojos de toda la humanidad, como el tesoro deseado por cualquier mortal….
El sonido de aquel timbre lo hizo despertar de ese letargo que en la mayoría de las clases de matemáticas lo envolvía.”¡Maldita sea! Se debería permitir a las personas que tienen una imaginación muy desarrollada que al menos pudieran terminar sus sueños”-Pensó.
Todavía entre la dimensión mágica de su historia y el ambiente en exceso real de su sala de clases, Cesar comenzó a guardar sus libros. Para intentar ambientarse mejor al mundo que había vuelto, comenzó a echarle un vistazo a sus compañeros. Era impresionante. Les faltaban unos meses para terminar 4 años de estar juntos todos los días, y sentía que no conocía a ninguno de aquellos que en ese momento iban saliendo.
Andrés era la única persona a la cual podía decir que conocía algo más que a la mayoría de las personas. Claro, ni Andrés ni nadie sabían su propensión a inventar historias en su cabeza, cosa que hacía siempre que su entorno lo aburría. Aunque nunca estuvo seguro si era aburrimiento lo que le producía. Pero su estómago se revolvía demasiado cada vez que le decían o le demostraban que en la vida había que ser ordenado, responsable y concreto.
El amaba soñar, pero por todas partes decían que de sueños nadie vive. Que cada persona debe dejar atrás la etapa en la cual la imaginación le da sentido a la mayoría de las cosas que no se pueden explicar. Y como todos había disfrutado esa etapa creando historias en su mente y pensando en la posibilidad de que se hicieran realidad. Sólo que nunca dejó esa etapa atrás.
17 años, sólo le faltaban unos meses para que dejara atrás el ser menor de edad, y se convirtiera en un ciudadano con todas sus letras. Podría votar, ver todas las películas que quisiera, y ningún lugar le estaría vetado. Pero a pesar que en un momento esperó todo eso con ansias, ahora ya no cobraba la misma importancia.
De hecho siempre se preguntaba: “cuando llegue ese día ¿qué?”. Y nada se le venía a la cabeza. Sólo lograba que algún mundo desconocido se creara nuevamente en su mente, y lo mantuviera horas absorto en algo que deseaba conocer.
-¿Nos vamos juntos?
Otra vez. De vuelta a la tierra.
Andrés lo miraba esperando una respuesta. Su amigo, el que tantas veces lo había salvado de que lo pillaran en otro mundo parecía entender su secreto. Sin embargo nunca habían hablado del tema, cosa que Cesar agradecía, pues si le preguntaran las razones de por qué soñaba tanto, no hubiese sabido qué responder. Y ahí estaba, como siempre a su lado, con ese corte de pelo que ya no se usaba, con su cuerpo delgado, y su espalda levemente inclinada hacia delante, y sus ojos cafés, que para quien los viera con atención mostraban siempre la dureza de su vida, aunque la sonrisa que su boca irradiaba hacía que se ocultara a primera vista. Cesar siempre pensó que Andrés era más pobre que él incluso, pues recordaba desde el primer día de clases, hace 4 años ya, que su camisa y sus pantalones eran siempre los mismos.
- ¿Aló?, paveando para variar, César, te estoy preguntando si nos vamos juntos o no…
- Obvio, pero acompáñame a comprarme un cigarro, ok?
-Ya, bueno.
El colegio era una mole de cemento gris, el característico color de una ciudad como Santiago. Sus grandes puertas principales se erguían imponentes, y parecían más las de una cárcel que las de un lugar que alberga a tantos niños. Al interior, un gran patio central, se encontraba rodeado de salas divididas en dos pisos; y sus escaleras de metal, en ese momento se encontraban atestadas de estudiantes de todas las edades bajando rápidamente, desesperados por salir de ahí lo más rápidamente.
En la mitad del gran grupo que salía hacia la calle, César y Andrés caminaban lo más rápido que se podía, deseosos de estar por fin afuera para poder desordenarse las camisas, y sacarse la horrible corbata del colegio. Cuando por fin lo lograron, se encaminaron directo calle arriba. Aquel trayecto hasta el almacén donde vendían cigarros, les parecía eterno a ambos, más que nada porque fumar los hacía sentirse personas grandes, hombres dueños del destino. Apenas compraron los tres cigarrillos sueltos que podían comprar con el dinero que juntaban entre los dos, cruzaron a la plaza en la cual todos los días se sentaban a fumar.
Se echaron en el pasto y, como un ritual, buscaron fósforos, y prendieron un cigarro. Si querían que durara el momento, debían compartir, por lo cual los cigarros eran fumados uno a uno, mientras miraban al cielo y podían conversar sobre cualquier cosa.
- ¿Sabes lo que me gustaría César?- preguntó luego de una gran bocanada de humo Andrés.- Me gustaría poder tener mucha plata, y comprarme una cajetilla entera de cigarros. Le compraría muchas cosas a mi mamá y andaría en un auto deportivo. ¿Y a ti que te gustaría?
- Estar en cualquier lugar, menos en esta maldita ciudad.- dijo César, miraba el cigarro en sus dedos, y se concentró en el humo que salía de su boca.
- A mí no me parece una ciudad tan fea, no sé, depende de lo que quieras ser en la vida. Si eres pobre, la vas a pasar mal, pero yo sé que voy a ser un tipo de plata, y así la vida se ve mejor ¿no?
- Sí… eso creo- respondió Cesar después de un rato.
Aunque los padres de César no poseían mucho dinero, y muchas veces deseaban tener cosas que no podían comprar, él nunca pensó en que su vida sería más feliz si tuviera más dinero. Lo que le quitaba el sueño era la posibilidad de que él pudiera ser alguien especial. Alguien que no tuviera que ir a un colegio a aprender cosas que no le interesaban, sino un ser humano que tuviera una misión importante en la vida. Algo que lo hiciera único e irremplazable.
Daba lo mismo lo que fuera, al fin y al cabo lo único importante era pensar que algún día alguien lo llamaría o lo encontraría. Lo había imaginado muchas veces. 2 hombres vestidos de elegante traje, lo tomaban por asalto y le decían: “¿Eres César cierto?, te hemos venido a buscar, debes venir con nosotros, hay algo importante que sólo tú puedes solucionar”.
¡Ah!, cuánto quería que eso pasara, aunque no negaba que si un día eso fuera real, el miedo sería más fuerte que cualquier otra cosa. Después de todo, era lo mismo que si un día un grupo de extraterrestres llegara a su casa, y lo abduciera. El soñaba con conocer a los extraterrestres, pero si los viera estaba seguro que saldría arrancando.

-¡Hey!, me tengo que ir, te estoy diciendo. Mi mamá tiene que ir a vender a la feria, y la voy a acompañar. ¿Te vas o no César?- le preguntó molesto Andrés al no obtener respuesta.
-Sí, vamos.- contestó.
3 comentarios:
xD Pobre César, parece que le falta darse cuenta que en los sueños sí se puede vivir! Sólo que es más difícil porque si bien te hace más feliz, la gente se pone envidiosa y siempre te baja, a la Tierra, pero la Tierra también es un sueño, yo creo... siempre ouede haber un genio maligno que nos engañe, qué se yo.. si no fuera por los sueños, para qué viviríamos?
La verdad q me gusto mucho,y creo q soñar no es malo al contrario aunmenta la capacidad de imaginacion, por sobre todo si te gusta escribir, soñar,hace q uno se proponga objetivos en su vida y busque todos los medios y estrategias para cumplirlos..pero el problema es una ves cumplidos despues q pasa?la sensacion es alegria o tristeza?Cesar no deberia dejar de soñar ni q su imaginacion vuele por ahi...
Saludos!!!!
puxia mi niñio
se ke nunca me doy too el tiempo pa leer sus historia...me encantaria...pero en este momento no me siento muy biem...tengo muxia peniita atrapada...disculpame iap??
oie tramposo!! nunca me posteaste poz..y ahura ia no se puede postear sin log :(..vay a tener ke hacerte uno si o si!! :@ solo pa poztearme xD!!
nah..ke tes biem poz
cuidate muxio
besiitos y abrazoz pa ti wenu?
http://www.fotolog.com/fita_06
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